Habitualmente, los dos pilares que sostienen una relación están formados por la admiración que cada uno siente por el otro. En nuestro caso, uno de los pilares era mi admiración por ella y el otro era el agrado que mi admiración le causaba.
Amparado por la noche, se sentaba al escritorio a garrapatear sinsentidos que, a pesar de sus deseos y, sin embargo, por fortuna para él, nadie leería.